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Soy

John Ford

y hago Westerns

15 Septiembre 2017

Alberto Frutos

@albertofrutos

Si hay una ocasión en la que ponerse de pie sea, además de un acto lleno de coherencia, una obligación, es cuando se habla de John Ford, el director de directores, el tipo que mejor supo traducir en imágenes la inmensidad que solamente se puede atribuir a las cosas pequeñas. Siempre elegante, siempre preciso en su análisis quirúrgico de los sentimientos humanos, siempre acertado en su disección psicológica de los personajes, siempre excelsa en la puesta de escena y siempre triunfador en la búsqueda del plano perfecto. Por más que él se empeñase en quitarse todos los méritos que, de forma automática, se desprendían de cada uno de sus trabajos, es imposible no caer rendido ante una trayectoria inagotable. Y no nos referimos a la cantidad.

Porque, más allá de esa mezcla de humildad y mala leche, su obra habla por sí sola. Seleccionar trabajos claves en una colección de monumentos cinematográficos tan extensa como la suya se antoja misión imposible, pero sí que se puede establecer una especia de hoja de ruta para llevar a cabo uno de esos descubrimientos cinematográficos esenciales para cualquier amante del séptimo arte. Puede sonar muy exagerado, pero es difícil entender la grandeza del cine sin haber disfrutado, al menos, de alguna de las cimas de Ford. Y no son pocas. Tomemos aire: ‘El hombre tranquilo’, ‘Las uvas de la ira’, ‘El hombre que mató a Liberty Valance’, ‘La diligencia’, ‘¡Qué verde era mi valle!’ o la inolvidable trilogía de la caballería, formada por ‘Fort Apache’, ‘La legión invencible’ y ‘Río Grande’, son solamente alguno de los ejemplos del listón imposible de alcanzar que dejó situado Ford rozando el infinito.

Sobre el autor

ALBERTO FRUTOS 

Periodista nacido en Cartagena (Murcia), Trabaja como crítico de cine, música y televisión para eCartelera, La Verdad, Todoindie y Onda Regional de Murcia. En estos medios de comunicación se encarga de analizar y comentar los últimos estrenos y los grandes clásicos de la gran y pequeña pantalla. 

Su cita más célebre, “Mi nombre es John Ford y hago westerns”, perfecta demostración de que no hace falta ser un charlatán para encontrar las palabras más contundentes y memorables, no dejaba de ser un mero vehículo para lanzar al aire las medallas que le iban poniendo película a película, pero esconden mucho del corazón y personalidad de su cine. Las películas de Ford no necesitaban estridencia, ni épica desmedida, ni grandes escenas de acción, ni diálogos encantados de haberse conocido. Le bastaban una puerta cerrándose ante una mirada melancólica, una sombra disparando al futuro desde la mentira, un tipo deslizándose debajo de un carromato al borde del derrape, la mirada de un niño que observa el regreso de su padre tras una dura jornada en la mina o un beso, el beso definitivo, empapado en la lluvia de Irlanda. Su nombre era John Ford y hacía milagros.